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CODEX CALIXTINUS - Libro 1 - Capitulo 13

              
Prologo CAPÍTULO  XII INDICE CAPÍTULO  XIV

 
    
Exposición de San Jerónimo
29 de julio, quinto dí­a de la octava de Santiago
In presenti capitula ostenditur

ección del Santo Evangelio según San Mateo. En aquel tiempo, tomando Jesús a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, empezó a entristecerse y angustiarse, etc.
 

ermón de san Jerónimo, Doctor, sobre esta Lección. En el capí­tulo presente se pone de manifiesto que el Señor, para probar la realidad de la humanidad que habí­a tomado, se entristeció realmente, mas para que la pasión no fuese dominada en su alma por la pasión, empezó a entristecerse. Pues una cosa es entristecerse y otra empezar a entristecerse. Se entristecí­a, no por el temor de padecer, que a esto habí­a venido, a padecer, y aun habí­a reprochado a Pedro su timidez, sino por causa del miserable Judas, del escándalo de todos los apóstoles, de que le rechazara el pueblo judí­o y de la destrucción de la desgraciada Jerusalén. Como Jonás se entristeció por habérsele secado la planta de calabaza o de hiedra, no queriendo que pereciera la que habí­a sido su choza. Si, pues, los herejes interpretan la tristeza del alma, no como sentimiento del Salvador por los que iban a caer, sino por pasión, ¿cómo explican aquello que de la persona de Dios se dice por Ezequiel: "Y por todas esas cosas me contristabas"?. Entonces les dijo: "Triste está mi alma hasta la muerte; quedaos aquí­ y velad conmigo". Su alma es la que se entristece, mas no por la muerte, sino hasta la muerte, hasta liberar a los apóstoles con su pasión. Y lo que les manda: "Quedaos aquí­ y velad conmigo", no es prohibirles el sueño, del cual no era tiempo aún, llegada la ocasión, sino el sueño de la infidelidad y el embotamiento de la mente. Digan, pues, los que sospechan que Jesús habí­a tomado un alma irracional cómo es que se entristeció y conoció el tiempo de su tristeza. Porque aunque también los brutos se entristecen, no conocen ni las causas ni el tiempo hasta cuando deban estar tristes.
 

  yendo un poco más allá se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mí­o, si es posible pase de mí­ este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú". Después de mandar a los apóstoles que se quedasen y velaran con El, avanzando un poco, el Señor cae sobre su faz, mostrando la humildad de su espí­ritu con su envoltura carnal y dice con halago: "Padre mí­o", y pide que pase de El, si es posible, el cáliz de la pasión". De lo cual ya hemos dicho arriba que lo pedí­a, no por temor de padecer, sino por compasión hacia aquel pueblo, por no beber el cáliz que le ofrecí­a. Por eso precisamente no dijo: "Pase de mí­ el cáliz", sino "este cáliz", o sea el del pueblo judí­o, que no puede alegar excusa de ignorancia, si me da muerte habiendo tenido la Ley y los profetas que a diario me anunciaban. Sin embargo, volviendo en sí­, lo que tembloroso habí­a renunciado con la naturaleza humana lo sostiene con la de Dios e Hijo. "Sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú". No dice hágase esto que yo digo por afecto humano, sino aquello por lo cual bajé a la tierra por tu voluntad.
 

  viniendo a los discí­pulos hallólos dormidos, y dijo a Pedro: "No habéis podido velar conmigo una hora?". El que antes habí­a dicho: "Aunque todos se escandalicen de ti, yo jamás me escandalizaré", no puede vencer ahora el sueño por la intensidad de su tristeza. "Velad y orad para que no caigáis en la tentación". Es imposible que no sea tentada el alma humana. Por eso decimos también en la oración dominical: "No nos dejes caer en la tentación" que no podamos resistir. No rechazamos en absoluto la tentación, sino que imploramos fuerzas para resistir en las tentaciones. Y así­ tampoco dice en esta ocasión: Velad y orad para no ser tentados, sino para que no caigáis en la tentación. Esto es, que no os domine y venga la tentación y os retenga entre sus peligros. Por ejemplo, un mártir que derrama su sangre por confesar al Señor es tentado sin duda, mas no enredado en las redes de las tentaciones, pero el que niega cae en los lazos de la tentación. "El espí­ritu está pronto, pero la carne es flaca". Esto contra los temerarios, que creen poder conseguir todo lo que piensen. Por tanto, temamos tanto de la fragilidad de la carne como confiamos en el calor del espí­ritu. Pero, según el Apóstol, con el espí­ritu se mortifican las obras de la carne.
 

e nuevo, por segunda vez, fue a orar, diciendo: Padre mí­o, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad". Ora por segunda vez para que si Ní­nive no puede salvarse de otro modo, sino secándose la calabaza, se cumpla la voluntad del Padre, que no es contraria a la del Hijo, pues dice El mismo por el profeta: "He querido cumplir tu voluntad, Dios mí­o".
 

  volviendo otra vez los encontró dormidos; tení­an los ojos cargados". Ora El solo por todos como solo padece por todos. Pues los ojos de los apóstoles languidecí­an y estaban ya oprimidos por la vecina negación. "Luego volvió a los discí­pulos y les dijo: Dormid ya y descansad, que ya se acerca la hora". Después de haber orado por tercera vez, para que toda palabra se apoyase en la boca de dos o tres testigos, y de haber impetrado que el temor de los apóstoles se enmendase con el consiguiente arrepentimiento, sin inquietud por su pasión, se dirige a sus perseguidores y se ofrece espontáneamente para morir.
 

  dice a sus discí­pulos: "Levantaos, vamos; ya se acerca el que me va a entregar". No nos encuentren como atemorizados y reacios, sino que voluntariamente vayamos a la muerte, para que vean la confianza y la alegrí­a los que han de padecerla. Por tanto, el mismo de quien hablamos, Jesucristo nuestro Señor, tenga a bien llevarnos como confiamos a gozar perpetuamente del reino celestial, pues El en su pasión se condolió a su amado apóstol Santiago y a Juan su hermano, como el amigo a sus amigos, descubriéndoles su tristeza y diciéndoles: "Triste está mi alma hasta la muerte", quien con el Padre y el Espí­ritu Santo viva y reina Dios por los siglos infinitos de los siglos. Amén.

 

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