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Prologo CAPÍTULO  IX INDICE CAPÍTULO  XI

 
    

Exposición de San Jerónimo
El 26 de julio, segundo dí­a de la octava de Santiago , se celebra el oficio de la solemnidad de San josí­as Martir y a la vez de Santiago y se lee este Evangelio
Apostolica sollempnia veneranda

ección del Santo Evangelio según San Mateo. En aquel tiempo, habiendo llamado Jesús a sus doce discí­pulos, les dio poder sobre los espí­ritus impuros para arrojarlos y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce apóstoles son éstos: el primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que le traicionó, etcétera.
 

ermón del San Jerónimo (1), doctor, sobre esta Lección. Al considerar las venerandas solemnidades apostólicas, amadí­simos hermanos, vamos a ver de llevar a vuestros corazones con nuestra exposición esta lección evangélica. Benigno y misericordioso nuestro Señor y Maestro, no regatea su virtud a sus siervos y discí­pulos, sino que como El mismo habí­a curado toda enfermedad y toda dolencia, así­ concedió también a sus apóstoles poder para curar toda dolencia y toda enfermedad. Pero hay gran distancia entre el tener y el conceder, entre el dar y el recibir. Todo lo que El hace lo hace con potestad de Señor; ellos si hacen algo confiesan su impotencia y la virtud del Señor al decir: "En el nombre de Jesús levántate y anda". Y debe observarse que se concede a los apóstoles poder milagroso hasta el duodécimo lugar. "Los nombres de los doce apóstoles son éstos". Se da la lista de los apóstoles para que sean excluidos de entre ellos los futuros seudoapóstoles. "El primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano". Su orden y el mérito de cada cual sólo podí­a repartirlos Aquel que penetra los secretos del corazón. Figura el primero Simón, el que tení­a por sobrenombre Pedro para distinguirlo del otro Simón, llamado el Cananeo por la aldea de Caná de Galilea, donde el Señor convirtió agua en vino. También llama a Santiago el de Zebedeo, porque viene luego otro Santiago de Alfeo, y asocia a los apóstoles por parejas. Une a Pedro con Andrés, su hermano más que por la carne por el espí­ritu; a Santiago y a Juan, porque dejando a su padre corporal siguieron al verdadero Padre; a Felipe y a Bartolomé, a Tomás y a Mateo el publicano. Los demás evangelistas ponen en la serie de los nombres a Mateo antes que a Tomás y no le dan el sobrenombre de publicano para que no parezca que le insultan recordando su antigua profesión. Mas él, como hemos dicho, se pone detrás de Tomás y se llama el publicano, para que "donde abundó el pecado sobreabundase la gracia". Simón el Cananeo es el mismo que en otro evangelio es llamado el Celador, porque Caná se traduce por celo. Y del apóstol Tadeo cuenta la Historia eclesiástica que fue enviado a Edesa al rey Abgaro de Osroene, y el evangelista San Lucas le llama Judas de Santiago y en otro lugar es llamado Lebeo, que se traduce por corazoncito. Y hemos de creer que tuvo tres nombres, como Simón Pedro y los hijos de Zebedeo fueron apellidados Boanerges por la firmeza y magnitud de su fe. En cuanto a Judas Iscariote, tomó el sobrenombre o de la aldea en que nació o de la tribu de Isacar, como si hubiera nacido con cierto vaticinio de su condenación, porque Isacar se traduce por paga, para significar el precio de la traición.
 

o toméis el camino de los gentiles ni entréis en ciudades de los samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel". No es contrario este pasaje a aquel precepto que dice después: "Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espí­ritu Santo", porque aquello fue mandado antes y esto después de la resurrección. Y convení­a anunciar antes la venida de Cristo a los judí­os para que no tuviesen justa excusa y dijesen que habí­an repudiado al Señor, porque habí­a enviado a sus apóstoles a los gentiles y samaritanos. Metafóricamente se nos manda a los que nos empadronamos con el nombre de cristianos que no vayamos por el camino de los gentiles ni por los extraví­os de los herejes, para que a quienes separa la religión los separe también el camino. "Y, yendo, predicad diciendo que se acerca el reino de los cielos. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, arrojad a los demonios. Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis". Para evitar que nadie creyera a unos hombres rústicos y sin galas de elocuencia, indoctos e iletrados, que prometí­an el reino de los cielos, les da poder para curar enfermos, limpiar leprosos, expulsar demonios, a fin de que la grandeza de sus milagros probase la de sus promesas. Y como siempre los dones espirituales si media precio pierden valor, se añade la condenación e la avaricia. "Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis". Yo Maestro y Señor os he dado eso a vosotros sin precio, dadlo también sin precio vosotros, para que no se corrompa la gracia del Evangelio. "No llevéis oro ni plata ni calderilla en vuestros cintos, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni vara en la mano. Porque el obrero es digno de su sustento". Consecuentemente manda estos preceptos a los evangelizadores de la verdad, a los cuales habí­a dicho antes: "Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis". Porque si predican sin recibir salario, es superfluo poseer oro, plata y calderilla. Pues si hubieran tenido oro y plata parecerí­a que predicaban no por la salvación de los hombres, sino por el lucro. "Ni moneda en las bolsas". Quien acababa de suprimir las riquezas recorta aún lo necesario para la vida, a fin de mostrar que los apóstoles, doctores de la religión verdadera, que estaban dotados de toda prudencia, podí­an mantenerse a sí­ mismo y no pensar en el dí­a de mañana. "Ni alforja para el camino". Con este precepto acusa a los filósofos llamados vulgarmente bactroperitas, que despreciando el mundo y no importándoles nada por nada, llevaban consigo una despensa. "Ni dos túnicas". Con dos túnicas entiendo yo que se refiere a dos vestidos. Porque no es que en tierras de la Escitia y en las cubiertas de helada nieve deba uno contentarse con una sola túnica, sino que por túnica debemos entender un vestido y que no llevemos uno puesto y otro guardado por temor de lo venidero. "Ni calzado". Y mandó Platón que los dos extremos del cuerpo no se cubrieran y que no debe uno hacerse delicado de cabeza y de pies. Porque cuando estas partes se mantengan firmes, más fuertes serán las demás. "Ni vara". Quienes tenemos la ayuda del Señor, ¿por qué hemos de buscar la defensa de un bastón?. Y como en cierto modo habí­a enviado a predicar a los apóstoles desnudos y escoteros, y parecí­a iba a ser dura la situación de estos maestros, templó la severidad de su mandato con la sentencia siguiente: "Digno es el obrero de su sustento". "Tomad –les dice- tanto cuanto os sea necesario para vuestro alimento y vestido". Por lo que también repite el Apóstol: "Teniendo alimento y vestido estamos contentos con eso". Y en otro lugar: "Reparta el catecúmeno todos sus bienes con el que le catequiza", a fin de hacer partí­cipe en sus bienes corporales, y no avaramente, sino según las necesidad, a aquel de quien los cosechan espirituales los discí­pulos. Esto lo decimos objetivamente. Pero además en sentido figurado tampoco es lí­cito a los maestros poseer el oro, la plata y la calderilla que está en los cintos. Con frecuencia leemos oro por sentido, plata por palabra, cobre por voz. Estas cosas no podemos recibirlas de otros, sino sólo poseer lo que nos ha dado el Señor, ni aceptar las enseñanzas y doctrinas perversas de herejes y filósofos, ni agobiarnos con el peso del mundo, ni tener doblez de espí­ritu, ni atarnos los pies con trabas de muerte, sino marchar descalzos por el santo suelo; ni llevar vara que pueda convertirse en serpiente, ni apoyarnos en recurso alguno de la carne, porque semejante vara o bastón es de caña, y si la fuerzas un poco se rompe y le traspasa la mano al que se apoya.
 

n cualquier ciudad o aldea en que entréis informaos de quién hay en ella digno y quedaos allí­ hasta que partáis". Acerca de la ordenación del obispo y del diácono dice San Pablo: "Conviene asimismo que tenga buena fama ante los de fuera". Al entrar los apóstoles en una nueva ciudad no podí­an saber quién era cada cual. Tení­an, pues, que elegir huésped siguiendo la opinión popular y el juicio de los vecinos, de modo que la dignidad de la predicación no se manchase con la infamia de quien los acogí­a. Debiendo predicar para todos conviene elegir un huésped que no haga un favor al que va a estar en su casa, sino que lo reciba. Con esto está dicho que será digno quien más entienda que recibe una gracia y no que la hace. "Y al entrar en la casa saludad. Y si la casa fuere digna, sobre ella vendrá vuestra paz; mas si no lo fuere, vuestra paz volverá a vosotros". Aquí­ alude al saludo en hebreo y en sirí­aco, pues lo que en griego se dice jere (alégrate) y en latí­n ave (ten salud), dí­cese en hebreo y sirí­aco, respectivamente, salom lac y salam alac, o sea, la paz contigo. Pero lo que manda es esto: Al entrar en la casa pedid la paz para el huésped y en cuanto esté en vosotros apaciguad las luchas y discordias. Mas si surgiere alguna oposición, vosotros tendréis la recompensa de la paz ofrecida y ellos se quedarán con la guerra que han querido tener. "Y si no os recibieren ni escucharen vuestras palabras, saliendo de aquella casa o de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies". Se sacude el polvo de los pies en testimonio de su trabajo, porque han entrado en la ciudad y la predicación apostólica ha llegado hasta allí­; o se sacude para no recibir nada, ni aun lo necesario para el sustento, de aquellos que han despreciado el Evangelio. "En verdad os digo que más tolerable suerte tendrá la tierra de Sodoma y Gomorra". Si Sodoma y Gomorra tendrán más tolerable suerte que aquella ciudad que no acepte el Evangelio, y más tolerable porque a Sodoma y Gomorra no les fue predicado, mientras que a ella le ha sido predicado y sin embargo no lo ha recibido, es que también son distintos los castigos entre los pecadores. Pues de tales castigos y de todas las adversidades lí­brenos con su inefable clemencia Jesucristo nuestro Señor que con el Padre y el Espí­ritu Santo vive y reina Dios por los infinitos siglos de los siglos. Amén.

 

(1) San Jerónimo (345?-420) es como se sabe una de las más fuertes personalidades de la Iglesia como hombre de ciencia y de acción, y uno de los escritores más fecundos y originales del siglo de oro de la literarura latina cristiana.
Los textos que aquí­ se le atribuyen total o parcialmente (caps. X, XI, XII y XVI) provienen, salvo las fórmulas de introducción y epí­logo para adaptarlos a las circunstancias, del Comentario al Evangelio de San Mateo
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Prologo CAPÍTULO  IX INDICE CAPÍTULO  XI

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Prologo INDICE CAPÍTULO  II

 
    

Sermón de San Beda el Venerable, presbí­tero
24 de Julio, vigilia de Santiago

Quoniam beati Jacobi vigilias

  ección de la Epí­stola de Santiago Apóstol. Santiago siervo de Dios y de nuestro Señor Jesucristo, a las doce tribus de la dispersión, salud, etc.

 

ermón de San Beda el Venerable (1), presbí­tero. Puesto que la vigilia de Santiago, amadí­simos hermanos, estamos ya celebrando con los deseados cultos y convenientes ayunos, cosa digna es que en su honor no dejen nuestras lenguas de pregonar las alabanzas de Cristo. Se declara Santiago siervo de Dios y de nuestro Señor Jesucristo en el comienzo de su epí­stola y promete la salvación a los fieles, para demostrar que todo el que perseverare hasta el fin en servir a Dios se salvará sin duda para siempre. Dijo acerca de este Santiago el apóstol Pablo: "Santiago, Cefas y Juan, que parecí­an ser las columnas, nos dieron la mano a mí­ y a Bernabé en señal de comunión, para que nosotros entre los gentiles y ellos entre los circuncisos, solamente de los pobres nos acordásemos". Pues como habí­a sido ordenado apóstol entre los circuncisos, se preocupó por los que circuncisos estaban, y así­ como por hablarles presentes, también por consolarlos, instruirlos, reprenderlos y corregirlos ausentes con su carta. "A las doce tribus de la dispersión", dice. Leemos que muerto por los judí­os San Esteban, "aquel dí­a comenzó una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén y todos se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria, fuera de los apóstoles". Pues a estos dispersos que padecieron persecución por causa de la justicia, enví­a su carta Santiago. Y no sólo a ellos, mas también a los que habiendo recibido la fe de Cristo no procuraban aún ser perfectos en sus obras. Así­ lo atestigua lo que sigue de la epí­stola. Y también a los que permanecí­an todaví­a fuera de la fe y que hasta procuraban perseguirla y perturbarla cuanto podí­an en los creyentes. Pues todos ellos estaban en la diáspora, desterrados de la patria por diversos azares, y dondequiera eran oprimidos por sus enemigos con innumerables violencias, muertes y trabajos, como lo expone cabalmente la Historia Eclesiástica. Pero también leemos en los Hechos de los Apóstoles que ya en el tiempo de la Pasión del Señor andaban dispersos por todas partes, pues dice San Lucas: "residí­an en Jerusalén judí­os, varones piadosos, de cuantas naciones hay bajo el cielo", de las que hasta se indican muchas por sus nombres cuando se añade más abajo: "partos, medos elamitas y los que habitan la Mesopotamia", etcétera. Así­, pues, Santiago anima a los buenos para que no les faltase la fe en las tentaciones; reprende y amonesta a los pecadores para que se abstuvieran de pecar y progresaran en las virtudes, a fin de no hacerse estériles para sí­ mismos e incluso condenables por haber recibido los sacramentos de la fe; aconseja a los incrédulos para que hicieran penitencia de la muerte del Salvador y de todos los crí­menes en que estaban enredados, antes que la venganza divina, cayendo visible o invisiblemente, los abatiese.
 

ened por la mayor alegrí­a, hermanos mí­os, veros rodeados de diversas tentaciones. Comienza por los más perfectos para llegar por orden a los que veí­a imperfectos y dignos de corregir y de elevar a la cumbre de la perfección. Y es de observar que no dice simplemente alegraos o tened por una alegrí­a, sino "tened por la mayor alegrí­a veros rodeados de diversas tentaciones". Como si dijese: Tened por cosa digna de toda alegrí­a que por la fe de Cristo os toque resistir las tentaciones. Esta es la gracia, que por el conocimiento de Dios sufra uno lo que padezca injustamente, pues dice el Apóstol: "No tienen punto de comparación los sufrimientos del tiempo presente con la gloria venidera que ha de manifestarse en nosotros". Y todos los apóstoles "se fueron contentos de la presencia del Consejo, porque habí­an sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús". No debemos, pues, contristarnos si somos tentados, mas solo si fuéramos vencidos por las tentaciones, "sabiendo que la prueba de vuestra fe engendra la paciencia". Por eso quiere que seáis tentados por las adversidades, para que aprendáis la virtud de la paciencia y podáis demostrar y probar con ella qué fe tan firme en la retribución futura lleváis en el corazón. Y no debe tenerse por opuesto a este pasaje, sino más bien entenderse como concordé, lo que dice San Pablo: "Sabedores de que la tribulación produce la paciencia y la paciencia la virtud probada"; pues la paciencia produce prueba de virtud, porque demuestra ser perfecto aquel cuya paciencia no puede ser vencida. Cosa que también se enseña aquí­ a continuación cuando se dice: "Mas tenga obra perfecta la paciencia". Y al revés: "La prueba de la fe engendra la paciencia", porque la razón que hace a los fieles ejercitarse en la paciencia es que por ella se demuestra cuán perfecta es su fe.
 

i alguno de vosotros se halla falto de sabidurí­a, pí­dala a Dios, que a todos da largamente y sin reproche, y le será otorgada. Efectivamente, toda sabidurí­a saludable debe pedí­rsele al Señor, porque como dice el Sabio: "Toda sabidurí­a viene del Señor y con El estuvo siempre". Y nadie por su libre albedrí­o, sin auxilio de la divina gracia, puede entender y saber, por más que esto sostenga los pelagianos. Pero aquí­ parece que se trata especialmente de aquella sabidurí­a de la que necesitamos hacer uso en las tentaciones. "Si alguno de vosotros - dice - no sabe comprender la utilidad de las tentaciones, que les sobrevenga a los fieles como prueba, pida a Dios que le dé entendimiento para discernir con cuánta piedad castiga un padre a sus hijos a quienes procura hacer dignos de un herencia eterna". E intencionadamente dice: "Que a todos da largamente". Para que nadie, consciente de su fragilidad, por ejemplo, desconfí­e de poder recibir si pide, antes bien recuerde cada cual que "el Señor escuchó las preces de los humildes". Y como también se dice en otra parte: "Bendijo el señor a todos los que le temen, pequeños y grandes". Mas como muchos piden al Señor muchas cosas que no merecen recibir, añade Santiago cómo deben pedir si desean alcanzar. "Pero pida con fe y sin vacilar en nada". Esto es, pórtese en su vida de tal forma que sea digno de ser oí­do cuando pide. Porque quien recuerda que no ha obedecido a los preceptos del Señor, con razón desespera de que el Señor le atienda en sus súplicas. Pues está escrito: "Es abominable la oración del que endurece su oí­do para no oí­r la Ley". "Porque quien vacila es semejante a las olas del mar, movidas por el viento y llevadas de una parte a otra". El que al remorderle la conciencia del pecado duda de recibir el premio celestial, en cuyo sosiego parecí­a servir a Dios, y es arrebatado por las sendas extraviadas de los vicios a capricho del enemigo invisible como al soplo del viento.


l varón de alma noble es inconstante en todos sus caminos. En todos sus caminos, dice, en los adversos y en los prósperos. Es hombre de alma doble el que dobla la rodilla para rogar al Señor y pronuncia palabras de súplica, y sin embargo desconfí­a de poder impetrar alguna cosa, por acusarle interiormente la conciencia. Es hombre de alma doble el que quiere gozar aquí­ con el mundo y reinar allí­ con Dios. Asimismo tiene doblez de alma el que al hacer el bien no busca la í­ntima recompensa, sino el favor externo. Por esto dice cierto sabio: "¡ Ay del pecador que va por dos caminos!" Pues por dos caminos va el pecador cuando hace ostentación de las cosas de Dios con sus obras y busca las del mundo con el pensamiento. Y todos éstos son inconstantes en todos sus caminos, porque muy fácilmente se atemorizan en las adversidades del mundo y se enredan en las prosperidades, tanto que se apartan del camino de la verdad.
 

lorí­ese el hermano humilde en su exaltación. Por esto, dice Santiago, debéis tener por suma alegrí­a veros rodeados de diversas tentaciones, porque todo el que sufre humildemente adversidades por el Señor, recibirá de El arriba el premio celestial. "El rico en su humillación". Sobreentendemos del versí­culo anterior "glorí­ese". Lo cual se ve que está dicho con la burla que con nombre griego se llama ironí­a. Así­, dice, recuerde que ha de acabarse la vanagloria con que se enorgullece de los vicios y desprecia a los pobres o hasta los oprime, para caer para siempre humillado con aquel rico vestido de púrpura, que despreció a Lázaro en su necesidad. "Porque como la flor del heno pasará". La flor del heno deleita con su aroma y con su vista, pero pierde muy pronto la gracia de su encanto y suave olor. Por eso está muy bien comparada con ella la felicidad presente de los impí­os, que nunca puede ser duradera. "Porque salió el sol con sus ardores y secó el heno, y cayó su flor". Llama ardor del sol a la sentencia del riguroso juez, donde al fin se consume la gloria temporal de los réprobos. Y florecen también los elegidos, mas no como el heno. "Porque el justo florecerá como la palma". Florecen los injustos temporalmente, "porque presto se secarán como el heno y como la hierba tierna se marchitarán". Florecen los justos como fruto perenne. Su raí­z o sea su caridad permanece fija e inmutable. Por eso dice el Sabio: "Yo como la vid produje suave aroma y mis flores dieron magní­ficos y honrosos frutos", Y en fin, el varón justo Nabot prefirió morir antes que la viña de sus padres fuese convertida en huerto de legumbres. Porque transformar la viña de los padres en huerto de legumbres equivale a mudar la firme práctica de las virtudes, que hemos sacado de la enseñanza de nuestros padres, por los frágiles deleites de los vicios. Mas los justos prefieren perder la vida antes que elegir los bienes terrenos por los celestiales. Por lo que bien se canta acerca de ellos: "Pues serán como el árbol que fue plantado a la vera de un arroyo, qua a su tiempo dará frutos", etc. Pero lo que dice de los injustos: "y pereció su belleza, así­ también el rico se marchitará en sus empresas", no se refiere a todo rico, sino al que confí­a en la inseguridad de las riquezas. Porque quien a un hermano humilde ha contrapuesto un rico, demuestra que habla del rico que no es humilde. Pues también Abraham, aunque habí­a sido rico en el mundo, acogió al pobre después de muerto en su seno y dejó al rico en los tormentos. Mas no le dejó por ser rico, lo cual habí­a sido él mismo, sino porque habí­a desdeñado ser compasivo y humilde, como también él lo habí­a sido. Y al revés, no acogió a Lázaro por ser pobre, lo cual no habí­a sido él, sino porque procuraba ser humilde y honrado. Tal rico, pues, es decir, el soberbio e impí­o, que antepone los goces terrenos a los celestiales, "se marchitará en sus empresas", o sea que perecerá en sus inicuas acciones, por haberse descuidado de entrar por el recto camino del Señor. Pero cuando él cae como el heno bajo el ardor del sol, en cambio, el justo, como el árbol frutal soporta inalterable el ardor del mismo sol, que es la severidad del Juez, y además lleva los frutos de sus buenas obras por los que será recompensado eternamente. Por eso se agrega con razón: "Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque cuando haya sido probado recibirá la corona de la vida que Dios prometió a los que le aman". A estos se parece aquello del Apocalipsis: "sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida que prometió Dios - dice - a los que le aman". Así­ advierte claramente que tanto más conviene alegrarse entre las tentaciones cuanto más cierto es que Dios ha de darla a quienes ama. Pues muchas veces impone una carga mayor de tentaciones para que, desde luego, ejercitados en ellas, salgan probados los perfectos en la fe, pues una vez probados por verdaderamente fieles, es decir, perfectos, í­ntegros, en nada deficientes, recibirán en justicia la prometida corona de la vida eterna.
 

adie cuando es tentado diga que es tentado por Dios. Hasta aquí­ ha tratado de las tentaciones que padecemos exteriormente como pruebas permitidas por el Señor; ahora pasa a referirse a las que interiormente soportamos por instigación del demonio o también a incitación de nuestra frágil naturaleza. Donde en primer lugar destruye el error de los que piensan que así­ como es cierto que los buenos pensamientos nos los inspira Dios, también los malos se engendran en nuestra mente a instigación suya. "Nadie es, pues, cuando es tentado diga que por Dios es tentado". Es, a saber, con aquella tentación en la que cayendo el rico se marchita en sus empresas. Es decir, nadie cuando haya cometido robo, hurto, falso testimonio, homicidio, estupro u otras cosas parecidas, diga que ha tenido que perpetrarlas necesariamente porque Dios quiso, y por lo mismo no pudo evitar su ejecución. "Porque Dios no es tentador de malas -tentaciones, se entiende- , pues El no tienta a nadie" con tales tentaciones, naturalmente, que engañen a los infelices para que pequen. Porque hay dos géneros de tentación; uno que engaña y otro que prueba. Con el que engaña, Dios no tienta a nadie. Con el que prueba, tentó Dios a Abraham. También éste pide el profeta: "ponme a prueba, Señor, y tiéntame". "Pero cada uno es tentado por su propia concupiscencia, que le arrastra y seduce". Le arrastra del camino recto y le seduce hacia el malo. De esta tentación y concupiscencia dí­gnese librarnos por los méritos y con la intercesión del bienaventurado Santiago nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espí­ritu Santo vive y reina por los infinitos siglos de los siglos. Amén.

 

 

(1)

San Beda el Venerable (673-735), monje benedictino de los monasterios de Wearmouth y Jarrow (Northumberland).
Llamado por Burke "el padre de la historia de Inglaterra y de la ciencia inglesa". Autor de obras históricas, hagiográficas, de cronologí­a, cosmografí­a y teologí­a, de homilí­as, poesí­as, etc. Este Sermón está tomado de la Exposición de la Epí­stola de Santiago, t. V de las obras de Migne, Pat. Lat. XCIII, col. 9-14
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Prologo INDICE CAPÍTULO  II

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Prologo CAPÍTULO  X INDICE CAPÍTULO  XII

 
    
Exposición del mismo San Jerónimo
27 de Agosto,  tercer dia de la octava de Santiago 
Quare Petrus et Jacobus

ección del Santo Evangelio según San Mateo. En aquel tiempo, seis dí­as después, tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y los llevó aparte a un alto monte, y se transfiguró ante ellos, etc.
 

Sermón de San Jerónimo, Doctor, sobre esta Lección. Por qué Pedro y Santiago y Juan son distinguidos de los otros apóstoles en ciertos lugares e los Evangelios o por qué tienen privilegio sobre los demás, lo hemos dicho a menudo. Ahora se pregunta cómo los tomó y los llevó aparte a un monte alto seis dí­as después, cuando el evangelista Lucas pone ocho. Mas la respuesta es fácil, porque allí­ se cuentan los dí­as intermedios y aquí­ se añaden el primero y el último. Porque no se dice seis dí­as después tomando Jesús a Pedro, a Santiago y Juan, sino al octavo dí­a, y los lleva aparte a un alto monte. Llevar a los discí­pulos a las alturas es parte del reino. Son llevados aparte, porque "muchos son los llamados y pocos los escogidos". "Y se transfiguró ante ellos". Como ha de estar en el momento del juicio, tal se les apareció a los apóstoles. Pero porque diga: "Se transfiguró ante ellos", no piense nadie que perdió su figura y su faz anteriores o se despojó del verdadero cuerpo y tomó otro espiritual o aéreo, sino que el evangelista expone cómo se transfiguró diciendo: "Y brilló su rostro como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve". Donde se hace ver el resplandor de la cara y se describe la blancura e los vestidos no se quita la sustancia, sino que se muda la gloria. "Brilló su rostro como el sol". Verdaderamente el Señor se transformó tomando aquella gloria con que ha de venir después en su reino. La transformación añadió esplendor mas no suprimió la faz. Y aunque el cuerpo fuese espiritual, ¿mudáronse acaso también las vestiduras, que tan blancas eran que ha dicho otro evangelista: "Como no puede hacerlas batanero en la tierra?". Mas esto es corporal y sujeto al tacto, y no espiritual y aéreo que engañe a los ojos y sólo se vea como un fantasma. "Y se les aparecieron Moisés y Elí­as hablando con El". A los escribas y fariseos, que le tentaban y le pedí­an señales del cielo, no quiso dárselas, sino que atajó su malévola petición con una prudente respuesta. Aquí­, en cambio, para aumentar la fe de los apóstoles, les da una señal del cielo: bajando Elí­as del lugar a donde habí­a subido y surgiendo Moisés de los infiernos, lo que también manda Isaí­as a Ajaz, que pida una señal de las alturas o de lo profundo. Pues lo ya dicho, que "se le aparecieron Moisés y Elí­as hablando con El", y lo que se dice en otro evangelio, que ellos le anunciaron lo que habí­a de padecer en Jerusalén, representa la Ley y los profetas, que anunciaron frecuentemente la pasión y resurrección del Señor. "Y tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Señor, ¡qué bien estamos aquí­!". Habiendo subido a las alturas, no quiere bajar a lo terrenal, sino perseverar siempre en la sublimidad. "Si quieres, hagamos aquí­ tres tiendas, una para Ti, otra para Moisés y otra para Elí­as". Te equivocas, Pedro –como afirma también otro evangelista-; no sabes lo que dices. No quieras tres tiendas cuando una sola es la del Evangelio, en el cual están recapituladas la Ley y los profetas. Pero si quieres tres tiendas, de ningún modo compares con el Señor a sus siervos; mas haz tres tiendas o más bien una sola para el Padre y el Hijo y el Espí­ritu Santo, para que quienes tienen una sola divinidad tengan una sola tienda en tu pecho. "Aún estaba El hablando cuando los cubrió una nube luminosa y una voz dijo desde la nube: Este es mi Hijo muy amado en quien tengo mi complacencia. Escuchadle". Por haber preguntado neciamente no mereció respuesta del Señor, mas respondió el Padre por el Hijo para que se cumpliera la palabra de Este: "Yo no doy testimonio de mí­, sino que por mí­ lo da mi Padre, que me envió". Y la nube aparece luminosa y les da sombra para que los que deseaban una tienda de ramaje o de lona fueran cubiertos por la sombra de una nube luminosa. También se oye la voz del Padre, que habla desde el cielo para dar testimonio de su Hijo, y sacando de su error a Pedro, enseñarle la verdad y aun a los demás apóstoles por medio de El: "Este es mi Hijo muy amado". Para El debe elevarse la tienda, a El hay que obedecer: "Este es mi Hijo", le sirven Moisés y Elí­as y deben también con vosotros prepararle una tienda al Señor en lo más í­ntimo del corazón. "Al oí­r los discí­pulos cayeron sobre u rostro, sobrecogidos de gran temor". Por tres motivos se atemorizaron: o por haber comprendido que habí­an errado, o porque los habí­a cubierto la nube luminosa, o por haber oí­do la voz de Dios Padre que hablaba. La fragilidad humana no puede soportar la vista de la mayor gloria, y echándose a temblar con toda el alma y el cuerpo, cae a tierra. Cuanto mayores grandezas busca uno tanto más rueda hacia abajo, si desconoce su medida. "Y Jesús se acercó y los tocó", porque estaban tendidos y no podí­an levantarse. El se acerca piadosamente y los toca para ahuyentar su temor al tocarlos y reafirmar sus debilitados miembros, "y les dijo: Levantaos y no temáis". A los que habí­a sanado con su mano los sana también con su mandato. "No temáis": primero les quita el temor para darles luego la enseñanza. "Y alzando ellos los ojos no vieron a nadie, sino sólo a Jesús". Lógicamente después de levantarse no vieron sino sólo a Jesús, para que no pareciese dudoso de quién daba testimonio la voz del Padre si Moisés y Elí­as hubieran permanecido con el Señor. Ven, pues, a Jesús en pie, disipada la nube, y que Moisés y Elí­as habí­an desaparecido, porque una vez desvanecida la sombra de la Ley y de los profetas, que habí­a cubierto con su velo a los apóstoles, la una y los otros se encuentran en el Evangelio. "Y al bajar del monte les ordenó Jesús: No digáis a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos". La predicación del reino futuro y la gloria de su triunfo se habí­an manifestado en el monte. Sin embargo, no quiere que esto se les diga a las gentes, no fuese increí­ble por su grandeza y después de tanta gloria produjese escándalo en espí­ritus rudos la cruz que la siguió. Pero Aquel que mostró su gloriosa transfiguración a sus venerables discí­pulos Pedro, Santiago y Juan, sálvenos en la gloria de la futura resurrección, Jesucristo nuestro Señor, que con el Padre y el Espí­ritu Santo vive y reina Dios por los infinitos siglos de los siglos. Amén.

   

Prologo CAPÍTULO  X INDICE CAPÍTULO  XII

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